Respirar profundo.
Tener paciencia.
Esperar lo mejor.
Tener fé.

Cansada, con los ojos hinchados y la mente confusa, mi cuerpo subió más de 10000 pies sobre el piso.

Recuerdo la primera vez que me monté en un avión, tenía 9 años y fue en Mérida. Solo a pocas horas, son casi 20 años más desde esa primera vez.
La velocidad del despegue.
Las ruedas poco a poco separándose del piso.
El vacío en el estomago.
Y finalmente, soltar el miedo. El avión subió.

La primera vez de muchas cosas nunca se olvida, y volar tampoco. Luego de eso, viajé nuevamente muchas veces más en avión.
Pero hace un mes, fue la primera vez que viajé sin saber cuando volvía.

El aeropuerto de Maiquetía lo único que alimenta es desesperanza, frustración y decepción. Ya yo lo sabía y en efecto, pasé por todas esas etapas que esperaba no pasar: La revisión de la GNB, la más de una hora de cola en emigración, la bajada hacia una segunda revisión de la GNB, la espera, el retraso del vuelo… Y todo eso, sumado a la tristeza de dejar a mi familia, que hasta ahora es lo único que más me vale en este mundo.

Cansancio.
Sueño.
Confusión.
Y ya nada del avión importa.

Lo único que me espera es que después de volar por tantas horas, finalmente voy a verlo, a el. Al único ser que decidió esta locura conmigo. Se que puedo perder todo, pero el estará allí, con su sonrisa, su abrazo, esperándome.

Volé, soñé.
Finalmente llegué.
El miedo natural de la inmigración. He luchado tanto para que finalmente se cumpla?

“What are you going to do?”

Y finalmente el sello.

Los brazos no me dan para cargar las maletas, pero las ganas de verlo son mayores, así que la adrenalina me hace cargar todo y llevarlo.

Cruzo el pasillo.
Allí está el. Recostado en la baranda. Con su sombrero que tanto le gusta, con su suéter azul.
No importó que había traído, porque en ese momento solté todo y lo único que quería era abrazarlo, besarlo y finalmente decirle cuanto lo amaba. Su olor, tocarlo, abrazarlo. Mi alma volvió.
Tantos meses esperando, tantos meses con intriga, con miedo, con la incertidumbre de qué iba a pasar. Tanto tiempo, tanto esfuerzo apostado a que este paso se iba a dar.
La ilusión, el miedo, el rechazo, la decepción, la intriga, la esperanza. Todo cambió. Estábamos allí, viéndonos, sabiendo que este era el inicio de algo que esperamos durante mucho tiempo.

Ya en nuestra casa temporal, llegué cansada y con una mezcla de alegría y tristeza. Mis sobrinas me abrieron los brazos y me llenaron de mucho amor, mi familia aquí me llenó de calor. Qué momento tan especial y único.
Mi cuerpo pedía solo descansar. 28 de septiembre, solo unas horas más y estaré cumpliendo 29.

El 29 del 29/09. Que cosas que a veces te pone la vida, no? porque desde niña siempre me pregunté cómo sería este día. Y lo supe. No fue un día común. No fue igual que los 28 cumpleaños anteriores. Este 29 amanecí con otro huso horario, con otra temperatura, con otros sueños y alegrías, y con otros miedos y tristezas.

“…Vengan todos, vengan ya, que la fiesta va a comenzar…”
Mis ojos se llenaron de lágrimas, al recordar esa voz grave y hermosa con la que mi papá suele cantar esa canción cada vez que nos llamaba a la mesa para picar la torta. Este 29 no la cantaba mi papá, esta vez era la canción original, que casualmente sonó en el equipo de sonido.
Todo me recuerda a ustedes. Todo.
Quisiera que estuvieran aquí.

El ritmo cambió. Esta ciudad es rápida, una ciudad respetuosa, una ciudad grande.
Acostumbrarse al transporte, pasar las primeras frustraciones. Aprender que el correo aéreo funciona. Ver a tanta gente distinta en la calle. Negros, hindúes, paquistaníes, musulmanes, latinos, africanos, ingleses. Quejarse del costo de las cosas. Valorar una ida al supermercado. Tener frío. Tener calor. Tener frío otra vez. La ciudad valora el tiempo.

Llegar a la universidad y descubrir un mundo nuevo. Pasar de ser una persona extrovertida, a nuevamente la que poco a poco va agarrando el ritmo. Tratar de explicar por qué en tu país no hay otoño, por qué todo el tiempo es verano. Ser cortés, respetuoso. Aprender a ver a los demás. Aprender a que el agua la puedes tomar del chorro. Aprender que aquí no se saluda con besos. Aprender a agarrar el bus, y empezar a odiar al metro, al centro, a algunos turistas -En especial a los asiáticos-.

Perder el miedo a sacar la cámara, perder el miedo a caminar de noche. Sentirse paranoico de vez en cuando, voltear para ver quien camina detrás tuyo.
Pero sobre todo, perder el miedo y sentirte libre cuando por primera vez en 15 años dices que Venezuela no es Cuba. Y nadie te juzga, porque a nadie realmente le importa.

Un mes extrañando el queso blanco, extrañando los grillos, los sapitos y las chicharras. Un mes extrañando el olor a tierra mojada. Un mes extrañando voltear a ver una montaña, para saber a donde está el norte.
Un mes desde el último abrazo de mi mamá, de mi papá y de mi hermano. Un mes desde la última vez que sentí el pelaje suavecito de Chipi. Un mes queriendo saber cuando los volveré a ver.

7500 kilómetros de distancia. 4,5 horas de diferencia.